lunes, 5 de septiembre de 2011

Romualdi




En 1969 Adriano Romualdi ya había adquirido la estatura cultural de heredero espiritual de Julius Evola, con varias y acreditadas publicaciones de notorio espesor cultural, rigurosamente documentadas y de corte fuertemente anticonformista. Recuerdo, en particular, su breve ensayo Julius Evola: el hombre y la obra (1968, Collezione Europa, Editore Volpe), que fue sin ninguna duda la primera aproximación seria, profunda y también crítica a la obra y pensamiento de Evola en el mundo de la Destra italiana y que obtuvo la aprobación del filósofo romano. No deja de ser significativo que Adriano publicase dicho ensayo precisamente en 1968, en un momento histórico delicadísimo para la Destra italiana, culturalmente pobre con respecto a los procesos de cambio que estaban por activarse en la sociedad.


Adriano quería ofrecer a la Destra –y sobre todo a los jóvenes– una nueva y diversa clave de lectura de la historia, de sus fenómenos, de sus tendencias más profundas, que se advirten más allá de una visión epidérmica de los acontecimientos. Aquel breve ensayo, en 1969, fue una de mis primeras lecturas –a la edad de 14 años– y causó en mí un efecto muy estimulante, empujándome a profundizar los temas que se trataban en aquel ensayo, en sus aspectos más importantes y ofreciéndome mitos y símbolos en que creer y por los que combatir.

En 1970 Adriano mantuvo una conferencia en Nápoles, en la Antesala dei Baroni en el Maschio Angioino, sobre el tema del nacionalismo europeo, por iniciativa del círculo cultural “Drieu La Rochelle”. Recuerdo perfectamente la conversación que tuve con él, poco antes de la conferencia, los consejos que me dió sobre las lecturas más oportunas con respecto al tema tratado: Los hombres y las ruinas de Julius Evola y el libro de J. Thiriart Europa: un imperio de 400 millones de hombres.

“Son los libros que nos dán las bases, con esta lectura se construyen los cimientos”, me dijo con un aire de gran convencimiento. Me impresionaba profundamente, yo que apenas tenía quince años, su talante germánico, debido también a sus características físicas, su mirada de estudioso meticuloso e impulsado por una sólida concepción espiritual y política. En la conferencia Adriano desarrolló las tesis que habian ya caracterizado su trabajo de propaganda política en el último periodo de los años sesenta. Donde había criticado fuertemente a la Destra italiana, por haber permanecido atada, en los años sesenta, ha líneas temáticas de un viejo nacionalismo, como la defensa de la italianidad del Alto Adige, sin darse cuenta de los procesos de cambio en curso, de las tendencias históricas determinadas por la hegemonía de las dos superpotencias –EE.UU y URSS– y sin por lo tanto ser capaces de ofrecer a los jóvenes un mito, una idea-fuerza que estuviera a la altura de tiempo presente, en un momento histórico de gran fermento juvenil y de fuerte turbulencia política.


En su ensayo la La destra e la crisi del nazionalismo (Ed. Settimo Sigillo, Roma 1973) en que recogía y sistematizaba argumentos ya desarrollados en los años precedentes, Adriano escribe: “Digámoslo francamente: acentos, eslogans, símbolos y temas de esta Destra son a estas alturas algo totalmente superado, amenudo patético y algunas veces ridículo. El origen de todo esto reside en el rápido deterioramiento de la temática del nacionalismo después de 1945, debido al venir a menos de la razón histórica de la pequeñas patrias europeas frente a Rusia y America... El problema de la Destra moderna es el de sobrevivir al final del viejo nacionalismo. El de adaptarse a las continuas mutaciones de la dimensión del mundo bajo una perspectiva no nacional, sino continental... Sólo un nacionalismo europeo –y una interpretación del fenómeno fascista en su significado europeo– pueden ser de contrapeso a las mitologias de Occidente la consciencia del caracter “epocal” e internacional de una crisis juvenil que para reaccionar al clima asfixiante del americanismo consumista no encuentra otros puntos de referencia, sino en el mito marxista de la lucha de clases”.

“Miradlos bien a estos drogados, estos alienados en su condición histórica: tienen a dos pasos el muro de Berlín, pero protestan contra el “fascismo”; los obreros polacos protagonizan revueltas por el pan, pero ellos se manifiestan contra el “capitalismo”; Rusia aplasta media Europa, pero ellos piensan en el Vietnam, en Brasil. El opio marxista les ha llegado al cerebro y los ha segregado en la ceguera y en la necedad. Este mito abstracto y alienante de la lucha de clases debe ser atacado y demolido en las escuelas, en las plazas, en las universidades. Es la gran equivocación que ofusca la única concreta perspectiva histórica de nuestro tiempo: Europa – Nación. Que Europa-Nación sea la bandera y el lema de nuestra propaganda”.

Para Adriano el nacionalismo europeo debía ser entendido como movimiento cultural y político con la finalidad estratégica de crear una alternativa de civilización al materialismo americano y al colectivismo marxista. Su posición tenía connotaciones –relacionadas con el pensamiento evoliano centrado en las raíces espirituales de la identidad cultural europea, y sobre la “elección de las tradiciones” profundizada en Los hombres y la ruinas – de una mucho mayor valencia política y de una atención, muy realista, a las consecuencias económicas del problema europeo. Europa como bloque político, unión de recursos políticos y económicos de los varios Estados, para retar a las dos superpotencias, EEUU y URSS. Y entre los Estados europeos Adriano incluía claramente también los pueblos de la Europa oriental, oprimidos por la Armada Rosa. Este mito de Europa –en términos espirituales, culturales, pero tambien político-económicos– era la bandera a ondear y en torno a la cual diriguir las energias y los entusiasmos de las nuevas generaciones.

Hoy, transcurridos 30 años, haciendo un análisis retrospectivo sobre el 68, no se puede dejar de reconocer la validez, la modernidad y la lucidez de aquellas tesis de Adriano que desgraciadamente nunca fueron escuchadas en los sectores de la Destra oficial, la cual, con un comportamiento en ocasiones histérico, se condenó ella sola a quedarse fuera del movimiento de constestación juvenil que había nacido de origenes diversos –como demuestran los hechos de Valle Giulia a Roma en 1967– y que fue dejando bajo el dominio de la gestión política de la izquierda, para llegar más tarde a caer en la turbias aguas del terrorismo de los años de plomo, útil y funcional, en definitiva, a la legitimación y normalización del poder político existente, que se mostraba como el rostro tranquilizador de “tutor del orden”.

Y aquellas tesis de Adriano deben ser releídas de nuevo hoy, para una reflexión sobre la envergadura extratégica y de espesor cultural, sobre la función de la Destra en el momento histórico de la realización de la unión europea y de la moneda única. Adriano había advertido la necesidad histórica de una voluntad política para dar lugar a una Europa-Nación, como un nuevo sujeto político autónomo y soberano, respecto a las superpotencias.

“Ciertamente –escribe Adriano hablando de los precedentes pasos políticos en la dirección de la unidad europea– se alcanzó rápidamente una forma de comunidad económica. Se realizaron la CECA y el Mercado Común, se instaló en Estrasburgo esa compañia de veraneantes que es el parlamento europeo. Pero para una unidad más profunda faltaba algo fundamental. La voluntad política”.

Aunque si hoy se han dado pasos en los político y económico que configuran un escenario diverso respecto aquel que escribió Romualdi, el dato político sustancial no ha cambiado. La voluntad política faltaba entonces y falta hoy, como demuestran elocuentemente las discordias entre los europeos en presencia de crisis como la del Golfo Pérsico y sobre todo frente a la crisis en Bosnia, al drama de los prófugos, a la trajedia de la destrucción de Sarajevo de la que incluso ahora, por un significativo silencio de los medios de comunicación –como si fuera un orden venido de lo más alto– nadie habla. La misma discordia se manifiesta puntualmente en temas de linea política respecto al problema de la inmigracíón de extra-comunitarios, a las medidas ha adoptar para regular los flujos migratorios, a la politica de adoptar con respecto al mundo árabe y, en general, respecto al Tercer Mundo. No son los bancos ni los parámetros de Maastricht los que darán un alma a Europa. Es necesario recuperar y actualizar las raíces espirituales y culturales de Europa y volver a otorgar en una nueva identidad comun europea, una fuerza de cohesión de un nuevo bloque político europeo, capaz de dialogar con el mundo árabe y de establecer una relación diversa, más equilibrada y correcta con los Estados Unidos. Hoy más que nunca, la tarea histórica de la Destra política italiana es aquella de actualizar y volver a proponer el “mito” de Europa, por la defensa de una forma diversa de cultura que nos libere de la condición histórica de colonia americana.