martes, 14 de junio de 2011

Insensibilidad democrática


Curiosamente, cuando se ha ido descendiendo en la escala de valores, los políticos que han asumido la misión de hacernos caminar por esa senda, han hablado de madurez democrática. El pueblo está maduro para introducir el aborto y así se hizo, y el pueblo no sólo no protestó ante tal bajeza sino que quedó totalmente aturdido.

El camino de la madurez democrática ha sido una caída en picado de la dignidad humana. Se ha introducido el divorcio como un logro y no se ha tenido sensibilidad para captar los dramas emocionales de los cónyuges, así como el daño producido en los hijos. Lo que es un fracaso en el mayor proyecto personal, en la mayor entrega posible a otro, en la mayor contribución al bien social, se ha visto debilitado con el divorcio exprés y con la visión del matrimonio como algo que esclaviza a la mujer porque le ata a los hijos y al marido. Las ataduras del amor se han convertido en cadenas del egoísmo.

Pero la mayor insensibilidad democrática es la producida por aquellos que convierten al niño en el seno de su madre en una parte de su cuerpo que se puede extirpar o en una cosa de inferior categoría que un feto animal de una especie protegida. Y, por evitarse un problema, por eliminar una atadura, se elimina irremisiblemente a un ser humano. Una vez que se es insensible ante la vida de los más inocentes de los hombres, la cuesta abajo es inevitable.

Por eso la insensibilidad que no distingue entre matrimonio y otras uniones que no aportan nada a la sociedad, es la consecuencia lógica de eliminar en las relaciones humanas la específica e irrepetible, fruto del amor, entre un hombre y una mujer abiertas a la vida.

No es que quiera polemizar, pero toda unión no marital no deja de ser para la sociedad que un contrato civil de asociación de intereses.

Ahora los políticos que cuidan de nuestra madurez se plantean un paso más en la insensibilidad social, la eutanasia, basada sobre todo en evitar gastos a la Seguridad Social, cargas a los familiares, y angustias al enfermo. Y, de nuevo, con una solución sin vuelta atrás, se rebaja la dignidad de la vida humana.

No creo que ese sea el último escalón en nuestra insensibilidad creciente, pues acabaremos aceptando que el Estado defina sobre nuestra utilidad, sobre la calidad de nuestra vida, sobre lo que está bien o está mal. Y seremos esclavos de un ente abstracto y cruel sin recursos humanos para salir de ese agujero en el que nos hemos ido metiendo paulatinamente.

Supongo que sólo se recuperará la sensibilidad, la madurez auténtica, cuando haya políticos que con claridad, vuelvan a dar valor a la vida humana y a su capacidad de compromiso.