domingo, 29 de agosto de 2010

Xavier Mina



Nacido en 1789 en Otano, Navarra, España, y muerto en 1817 en Guanajuato, México, Xavier Mina es de esas figuras emblemáticas del romanticismo hispánico y liberal, a las que posiblemente pudo haber tenido en mente Don Miguel de Unamuno cuando llegó a afirmar que la verdadera religión de los españoles, no es el catolicismo, es el quijotismo.

José Lezama Lima, en ese barroco y asombroso tratado habanero que es La expresión americana, decía que el romanticismo fue un hecho americano al cristalizar políticamente en figuras esenciales como las de Fray Servando Teresa de Mier, Simón Rodríguez y Francisco de Miranda; todos ellos, en su periplo novelesco y siguiendo la lección de los griegos, decía Lezama con acusado tono dialéctico desde La Habana, ‘convirtieron al enemigo en auxiliar: creían estar rompiendo con la tradición cuando no hicieron otra cosa que agrandarla’.

Pues bien, Xavier Mina puede ser, con pleno derecho, plasmación fehaciente no ya nada más del hecho americano, sino de lo que, situados en el tenor que aquí hemos cifrado, podríamos denominar como el hecho hispanoamericano. ¿Y no fueron acaso Ernesto «Che» Guevara o José Vasconcelos quienes, a su modo, en el siglo XX, tuvieron a su cargo la tarea honrosa de seguir agrandando la tradición? ¿No es acaso ese sentido trágico de la vida, y esa tristeza en el semblante como marca de la grandeza y la severidad del empeño, lo que está detrás de todas estas figuras definitivas de nuestra historia?

Mina el mozo, ese guerrillero de veinte años odiado por los franceses, comandante del temido Corso Terrestre de Navarra, y a quien, a su cortísima edad, las comunicaciones de la Junta Central llamaban «Comandante en Jefe», o «Coronel», las de la Junta de Aragón, peleó con furia incontenible contra el invasor que había usurpado el trono de Fernando VII y, con él, la soberanía de España. Habiendo sido el primero que organizó el sistema de partidas y guerrilla, luchó contra Napoleón y, en su empeño, fue hecho prisionero para pasar los días por venir, desde marzo de 1810 a abril de 1814, en la prisión para reos peligrosos instalada en el castillo de Vicennes, en Francia.

Tras los desastres napoleónicos en Rusia y derrumbado el Imperio francés, el Zar Alejandro, ocupando ya París, pone en libertad a los reos de Estado y Mina recobraba la suya el sábado 16 de abril de 1814. Pero se trataba de una libertad troquelada bajo los cánones estoicos en virtud de los cuales el momento de verdad de la libertad es aquél en el que su contenido se dibuja a la luz de la consciencia de una necesidad determinada. Muchas veces se es preso, o se muere, precisamente porque se es libre.

En Francia se proclamaba rey a Luis XVIII; en España, haciéndose lo propio, se proclamaba rey a Fernando VII, quien, a su vez, y provocando el devastador desengaño de los patriotas españoles y americanos que habían luchado en su nombre y por su libertad, lejos de jurar la Constitución que le presentaban las Cortes, llegó para traer de su mano al absolutismo nuevamente.

Mina, para esos momentos y tras cuatro años de prisión, no era ya nada más un guerrillero ingenuo e idealista, se trataba de un maduro estratega que había leído en cautiverio a Tácito y Polibio, a Plutarco y Jenofonte, habiéndose transformado así en un decidido enemigo de la tiranía. Y la tiranía, precisamente –repárese en la paradoja– encarnaba ahora en Fernando VII: «¿cómo no advertir la ruindad del monarca –escribe Martín Luis Guzmán– capaz de extraviarse al punto de subir de nuevo a su trono pisoteando y mancillando a aquellos mismos que se lo habían conservado mientras él lo perdía cobardemente?»{9}.

Ante los hechos, Mina y su tío, Francisco Espoz y Mina, conspiran desde Navarra para derrocar ahora al nuevo tirano. Su persecución daba inicio una vez más.

Mina rechaza las ofertas que un Napoleón vuelto al poder desde la isla de Elba le había hecho para unirse ahora a él y terminar, así, con el absolutismo que, tanto en Francia como en España y América, había sido restaurado. Huye a Bilbao donde amigos de antaño le facilitan algunas libras esterlinas para embarcarse con destino a Bristol, Inglaterra. Pero en el horizonte de su vida, se divisaba ya como su destino final y definitivo, acaso sin que tuviese él consciencia plena de ello, la América española.

En efecto, Inglaterra, inmersa en un concreto enfrentamiento de imperios y habiéndose erguido en la enemiga decidida del imperio español, se había convertido en refugio de liberales de España y América. En Londres, Mina conoce a muchos españoles americanos que, como él, llevaban consigo el airón de combate de la libertad, contra la tiranía y el absolutismo. Uno de ellos era de una notable perspicacia y elocuencia: Fray Servando Teresa de Mier.

El contacto con todos ellos permitió que Mina se percatase de un hecho de todo punto singular: las revoluciones de México, Venezuela, Buenos Aires, es decir, las revoluciones americanas, no eran otra cosa que fases de un mismo momento histórico y político, el de la revolución española, en donde el constitucionalismo gaditano y el liberalismo español encajaban, ideológica y políticamente, con precisión geométrica. Se trataba de la lucha que en Hispanoamérica habría de acometerse contra el absolutismo. Era el hecho hispanoamericano.

En mayo de 1816, Mina, junto con dos docenas de militares españoles, italianos e ingleses, se embarcaba en Liverpool con dirección, primero, a Estados Unidos, pero con destino final conocido: Nueva España. La consigna era unirse a la causa proclamada años antes por el Ayuntamiento de México, por los conspiradores de Valladolid y Querétaro (como Ignacio Allende, Juan e Ignacio Aldama, Miguel Domínguez y Josefa Ortiz de Domínguez), por el cura Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón.

Pero en el ideario político de Mina figuraba, además, un propósito fundamental, a saber: integrar la patria magna, es decir, lograr la hermandad de España con las colonias de América, pero emancipadas: ‘yo hago la guerra contra la tiranía –habría dicho después Mina– no contra los españoles’; ‘el que crea –diría también en otro lugar– honor suyo ser su esclavo (del tirano de España) combata, el que quiera ser fiel a su Nación, a Dios á quien juró guardar la Constitución, según la cual la soberanía reside esencialmente en la Nación, júntese a mi, libertemos esta parte de la Nación que está acá del Océano…’.

Para octubre de ese 1816, Mina, acompañado de un estado mayor en donde, entre otros, figuraba un colombiano que había estado bajo las órdenes de Simón Bolívar, el coronel Montilla, se embarcaba desde Puerto Príncipe, en Haití, para Galveston, en Texas.

En Puerto Príncipe se habría de entrevistar con Simón Bolívar. Pero al margen de la simpatía e interés mutuo, la opción de Bolívar fue la de no unirse a la expedición de Mina, quien, al poco tiempo, pisaría ya tierra novohispana para pasar a convertirse entonces en un guerrillero español incorporado a la insurgencia mexicana y americana. Su objetivo, llegar al centro político de México y derrocar a los virreyes de la Nueva España. Sólo lograría llegar hasta Guanajuato. El último periplo de su vida se abría camino. Un año más y ésta llegaría a su fin.

El 26 de octubre de 1817, Xavier Mina entraba a Silao Guanajuato. El coronel realista Orrantía lo venía siguiendo de cerca. Para el amanecer del 27, Mina caía preso. Se trataba de su cautiverio final. De Silao salió la noticia consignando la captura del odiado guerrillero, a quien el virrey, Don Juan Ruiz de Apodaca, había condenado por sacrílego, malvado, enemigo de la religión y por traición a su patria y a su Rey.

El 11 de noviembre de 1817, alrededor de las cuatro de la tarde, en el crestón del cerro de Bellaco, frente al fuerte de los Remedios, en las cercanías de Pénjamo, Guanajuato, el cuerpo de Xavier Mina, guerrillero español, navarro enemigo de la tiranía, cayó herido por la espalda fusilado como traidor. Su muerte estaba siendo en esos momentos el testimonio político de la necesidad hecha consciencia.

En 1823, el Congreso Mexicano habría de declararle, al lado de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ignacio Allende, Nicolás Bravo y otros héroes nacionales, «héroe en grado heroico».

Sus restos yacen al pie de la Columna de la Independencia, en la Ciudad de México.