viernes, 2 de julio de 2010

Leyendas del Cristo de la luz


Hoy voy a resumir dos leyendas relacionadas con el Cristo de la Luz.
En la primera habrá algunos que me acusen de ponerla por que huela a antisemitismo, pero a esos siento decirles que la información la he encontrado en una página sobre la ciudad y todo lo relacionado con ella, así que sigan buscando todas las cruces gamadas que quieran por que no van a tener excusa con que descalificar lo escrito.
A mitad del VI había en una pequeña iglesia visigoda un pequeño Cristo muy venerado por la población cristiana de la ciudad. Los judíos le tenían tanto odio que un día decidieron envenenarle los pies para, cuando los cristianos fueron a rezarle y se los besaran, conseguir el objetivo de matar a varios cristianos y hacer que aborrecieran a su Cristo. El encargado de envenenarle fue el judío Abisaín a idea de su amigo Sacao, aprovechando la oscuridad de la noche.
A la mañana siguiente, una mujer que estaba rezando fue a besar los pies del Cristo cuando este lo retiró, hecho que se repitió con todas las personas que lo intentaron. Se conocía el milagro, pero no el motivo, hasta que el sacerdote descubrió una mancha que delataba el veneno.
Tras enterarse de lo sucedido, Abisaín no podía dormir, y cuando por fin lo consiguió, no paró de ver visiones horribles, en las que el Cristo se lanzaba contra él y la gente le perseguía hasta su casa.
Durante el día no se encontraba mejor, por lo que se fue a dar un paseo por la ciudad. Una gran tormenta le sorprendió, teniéndose que esconder en la iglesia del Cristo de la Luz. Allí observó los pies retirados del Cristo, tal y como le había contado Sacao.
Abisaín apuñaló al Cristo, que cayó al suelo. Se lo guardó entre sus ropas con la intención de destruirlo y huyó hacia su casa. A la mañana siguiente, cuando se despertó, encontró a una multitud golpeando su puerta llena de ira. Abisaín miró sus ropas y se las encontró llenas de sangre, que había formado un reguero y llevado a la gente hasta su casa, a pesar de la lluvia.
El judío fue apresado y apedreado públicamente, mientras que el Cristo fue colocado de nuevo en su iglesia.
La segunda leyenda transcurre siglos después. Una vez el reino taifa de Toledo se rindió a las huestes castellanas de Alfonso VI, este entró a la ciudad por la puerta de Bisagra para subir la cuesta hasta la plaza de Zocodover. Cuando estaban pasando por la mezquita, el caballo del rey de Castilla se arrodilló y no hubo manera de levantarlo, pese a los intentos de Rodrigo Díaz de Vivar y otros caballeros del rey Alfonso.
Los presentes dijeron que era una señal, por lo que decidieron entrar en la mezquita. Observaron que de uno de los muros salía una potente luz, ordenando el rey derribarlo. Allí encontraron a un Cristo escondido por los cristianos cuando los musulmanes conquistaron la ciudad con la única compañía de un candil.
Tanto el rey como sus caballeros se arrodillaron para rezar y tomaron al Cristo, poniéndolo al frente de su comitiva mientras subían a Zocodover.
Posteriormente, el crucifijo volvió a colocarse en su lugar, tomando la mezquita el nombre de Ermita del Cristo de la Luz.